El problema de las alergias a los alimentos

Hace poco, en la ciudad de Chicago, se produjo un trágico caso. Una señora vio a una amiga que comía semillas de girasol y, como nunca antes las había probado, le pidió que le diera unas pocas. La amiga, por supuesto, gustosamente le cedió unas cuantas. La señora las comió y, minutos después, experimentó una sensación de “inflamación en la garganta”. Tan mal se sintió, que pidió que inmediatamente llamaran a un médico, pero antes de que éste llegara, la señora sufrió un colapso y murió.

Esta narración verídica, desde luego, corresponde a un caso extremo y excepcional. Las alergias a los alimentos no son, por suerte, tan fulminantes y drásticas, pero de todos modos hay que tenerlas en cuenta.

Esas alergias, aunque solo causan la muerte en rarísimas ocasiones, como la antes descrita, sí pueden producir enfermedades crónicas, molestias agudas e inclusive incapacidad para realizar las labores habituales. Ni aún los mismos alergistas están seguros del “mecanismo” implicado en el porno peruano, ni tampoco se ha podido determinar por qué ciertas personas son alérgicas y otras, en cambio, no lo son.

Muchos especialistas, en los últimos años, están inclinándose a opinar que las reacciones alérgicas, en realidad, son reacciones de inmunidad. En otras palabras, los mecanismos de defensa del organismo tratan de repeler una “intromisión” y, en ese proceso de lucha, pueden causar considerable daño a cualquier de los sistemas del cuerpo humano; respiratorio, circulatorio, etc.

Se piensa que el organismo de la persona alérgica elabora una cantidad demasiado abundante de un anticuerpo específico, que la persona no alérgica elabora en cantidades muy discretas. Ese anticuerpo, si es producido en cantidades profusas, puede provocar una reacción anormalmente exagerada frente a cualquier sustancia que la persona ingiere, inhala o toca, especialmente si se trata de sustancias que tienen una naturaleza proteínica.

El factor hereditario también desempeña un papel importante en todo ese proceso. Se sabe, por ejemplo, que si hay casos de alergia en solo una rama de la familia, hay un 50% de probabilidades de que un niño resulte alérgico. Si hay alergias en ambas ramas de la familia, es decir la paterna y materna, entonces las probabilidades llegan a ser hasta de un 75%.

Desde luego, en el problema de las alergias hay involucrados otros factores completamente ajenos a la herencia. En el caso de aquellas que involucran alimentos, por ejemplo, la cantidad ingerida para ser un factor determinante. Si una persona es alérgica a la leche, pero solo la toma en cantidades muy moderadas y en raras ocasiones, tal vez transcurra toda su vida sin que se entere que era alérgica. Sin embargo, si un día empieza a beber leche muy a menudo o en grandes cantidades, en cualquier momento quizá pueda manifestársele una reacción alérgica.

Por otra parte, suponiendo que la alergia no desaparezca con los años, es muy probable que los síntomas, en la vida adulta, sean completamente diferentes en comparación a aquellos que se producían durante la niñez. En casos como estos, muchas veces se tiende a pensar que la alergia ya no existe, cuando en realidad no es así.

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